No recuerdo su cara

La víctima estaba al otro lado del cristal. Un cristal oscuro que no me permitía verla. Me sentía nervioso junto a aquellos tres figurantes, era la primera vez que me acusaban de agresión y que me veía sometido a una rueda de reconocimiento.

Siempre he estado metido en líos, para ser sincero. Cuando empecé con el trapicheo de drogas, fui de mal en peor. Pero nunca he agredido a nadie, y menos a una mujer, porque yo no soy mala persona. Ya le dije a mi abogado que lo que me pasa es que he tenido muy mala suerte en la vida. Mi madre empezó a beber demasiado desde que mi padre nos abandonó, siendo yo muy pequeño. Había poco dinero en casa, y solo quería sacar pasta como fuera para dar mejor vida a mi madre y a mis hermanas. Yo no clavé la navaja a aquella señora que estaba al otro lado del cristal oscuro. Fue mi colega, que a veces se le va la cabeza y me mete en follones como este. La policía no cree mi declaración de inocente, como ya estoy fichado, soy un delincuente con intento de homicidio. Solo acepto la acusación de delincuente. Lo otro no.

También estaba nervioso porque me iba a tirar al suelo. Sí, a mí mismo, en rebeldía, siguiendo las instrucciones de mi abogado, porque aquel teatro era injusto. Aquella rueda iba a ser prueba de cargo contra mí y, por lo visto, tal y como se esperaba, no había garantías de que se celebrara como marca la ley. ¡Menos mal que me avisó con aquel gesto de cabeza! Pero yo ya me di cuenta rápidamente. Aquellos tres hombres que estaban a mi izquierda no se parecían en nada a mí. Uno era magrebí, y mis rasgos son más bien caucásicos, aunque soy moreno y no tengo los ojos azules, no tengo aspecto de árabe, ni tampoco agitanado. El segundo, era bastante más bajito que yo, y eso le daba una cierta ventaja, porque en la descripción del agresor, según declaración de la señora al otro lado del cristal oscuro, se mencionaba a un joven de unos veinte años, de un metro ochenta de altura. Y sobre el tercero, debo confesar que lo conozco de algo, aunque no recuerdo de dónde, pero tampoco se parecía a mí, aunque podríamos ser primos o hermanastros ya que también era de complexión fuerte y bien parecido, porque mi padre ha ido fabricando hijos con otras mujeres del barrio, para disgusto y amargura de mi madre.

Pensé que cuando me tirara al suelo, se acabaría la pesadilla, la policía no podría ni tocarme, como marca la ley, no podrían obligarme a continuar en la sala porque sería como forzarme a autoinculparme. El abogado ya me advirtió: “No habrá exactitud en la identificación que haga la víctima, porque no hay exactitud en la memoria.” Pero con aquellos hombres de características tan dispares, me temía que yo sería el único señalado como culpable del delito.

Lo comprendí perfectamente, a mi abogado. Que es muy fácil describir los rasgos de una persona, pero otra cosa bien distinta es reconocer una cara. Eso es más complicado, sobretodo porque aquella señora al otro lado del cristal oscuro sólo me había visto una vez, el día que le di el tirón del bolso, pero quien le hincó la navaja fue mi colega. Y aquello sucedió hace cuatro meses. La memoria también caduca, parece ser.

Ni yo mismo sería ya capaz de reconocer a mi propio padre. Me pareció verlo por el barrio hace cuestión de un año, pero me di cuenta de que no recuerdo su cara.

No recuerdo su cara