Derecho, Justicia y neutralidad

Leyendo una entrevista al novelista de género negro John Connolly (Dublín, 1968), una se queda con la tostada petrificada en la boca y los ojos como platos fijos en un punto indeterminado, incapaz de pasar ya un desayuno tranquilo en la quietud de su hogar. Quién de nosotros no ha llegado a la certidumbre en alguna ocasión de que una ley o norma que se nos ha impuesto no siempre se ha correspondido a lo válido, a lo ético, a lo que entendemos por justo. ¿Es posible que el derecho de una persona, de un colectivo, de una minoría,  de la mayoría, de un pueblo o nación se acabe donde empieza el del otro?

El conjunto de leyes y normas que abarca el Derecho siempre obedece a una ideología. Y, en paralelo, podemos igualmente comprobar que la imparcialidad de la Justicia es profundamente falsa. Los políticos proponen, crean y aprueban leyes, algunas las transforman, otras las derogan, en ocasiones hasta las burlan, casi siempre bajo su legítimo arco ideológico y siempre desde el poder que el pueblo les otorgamos. Los jueces, tampoco son ajenos a la parcialidad. No son apolíticos. Ellos tienen las herramientas como la interpretación de la propia ley, pero como criaturas humanas y culturales, que viven en un determinado contexto histórico, no pueden ser tan neutros como la profesión les presupone. A veces presionados por la política dominante, otras por libre elección, también dictan sentencias no justas para todas las partes.

¡Ah!, entonces, si todo es tan humanamente lícito, comprensible y tolerado por las comunidades, si tal y como dice Connolly, aceptamos a un Donald Trump porque la mitad de los estadounidenses tienen miedo al paro y prefieren cerrar los ojos ante el sexismo y el racismo a cambio de unos cuantos dólares para sus hijos, o si miramos impasibles cómo el parlamento ruso pretende despenalizar el acto de meter una hostia a una esposa, al menos una vez al año, y si, además, alcanzamos a comprender que Rajoy no pare de repetir que hay que cumplir la ley, la ley que respalda los intereses de su gobierno, no la que obedece a las expectativas de otros gobiernos y pueblos autónomos, claro. Y si…

En definitiva, si aceptamos que la humanidad se está perdiendo nuevamente en el relativismo ético, influenciados siempre por nuestras ambiciones personales, locales, por nuestras creencias más profundas, que a veces son un mero vaivén según el viento que mejor nos sopla. Si creemos que todo vale porque hay siempre una justificación por la propia naturaleza humana… entonces, qué vale el ser humano. Qué vale la vida.

No puede servirnos cualquier camino.

Aunque el camino será siempre lo más importante que nos quede.

 

Derecho, Justicia y neutralidad